La ceguera vulnerable o cómo ver más allá de una misma

Martes, 07 Abril 2020

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No sé a vosotras, pero a mí esta situación extrema, anómala, de alerta y emergencia mundial me está sirviendo de gran ayuda para refinar esta fase de détox social en la que me encuentro.
Hace ya mucho que decidí dedicar gran parte de mi tiempo a causas sociales. No por ello me considero mejor persona; al fin y al cabo, es una decisión personal, que, si tengo que ser sincera, tengo la sensación de que me aporta más a mí que yo a ellas.
Con el paso de los años y trabajando con mujeres víctimas de violencia de género, he aprendido a autoprotegerme, a cuidarme también a nivel emocional, porque sus historias, sus experiencias de vida conmueven y, creedme, se hace difícil desvincularte de ellas y del peso de responsabilidad que arrastras cuando la salida a su situación no está al 100% en tu mano.

Ese autocuidado emocional es el que estoy aplicando ahora.

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En estos días de incertidumbre, he decidido alejarme de las redes sociales, los grupos de WhatsApp y la televisión (bueno, he de confesar que de esta última ya estaba alejada desde hace tiempo...). Y lo he hecho por salud mental. Por intentar buscar algo de tranquilidad y calma, por darme un respiro... Y porque no me parece nada sano lo que se respira: conversaciones cargadas de bulos, búsqueda de culpables, linchamientos públicos a quien sea y del color político que sea – sin condenar al responsable parece que no ponemos un final feliz a la historia- cifras de personas contagiadas, muerte, aislamiento, soledad, frustración, miedo, miedo, miedo... Siendo justas, bien es verdad que también destacan compromisos públicos de empresas que se suman a miles de iniciativas solidarias. Me llama la atención especialmente la campaña de una entidad bancaria que habla de no ponerse de perfil ante la situación y mirarla de frente... ¿Habrá llegado el momento de que la banca devuelva al país el apoyo que recibió durante la última crisis?

Obviamente, debemos estar informadas, pero es nuestra responsabilidad hacerlo con criterio y moderación. Estamos sometidas a una ola de infoxicación en tiempos de pandemia que, sin duda, incrementa los niveles de angustia, ansiedad y depresión.

Y no. Personalmente, he decidido no subirme a una ola que arrastra consigo autocompasión, autolástima, un autolamerse las heridas... Y no seré yo la que niegue que la situación que estamos viviendo no es como para menos, pero ¿nos hemos parado a pensar en cómo la estamos viviendo nosotras y cómo la viven otras personas en sus contextos particulares? A mí este ejercicio me está ayudando a aceptar la situación, sin reducirlo al mal de muchos, porque no, va mucho más allá.

En estas semanas, no dejo de pensar que mi día a día en casa fluye con la tranquilidad de levantarme a las 7:00 y hacer mi hora de ejercicio diario, para posteriormente desayunar y ponerme a trabajar junto a mi pareja en nuestro despacho compartido, cada uno afanado en sus quehaceres. Finalizada la jornada, juntos hacemos la comida y más juntos que nunca pasamos el resto del día: ronda de contactos a familiares y amigos para ver cómo se encuentran, momentos de lectura, música, estudio, conversación... hasta que llegan las 20:00 y salimos a la ventana en ese aplauso comprometido y sentido que dedicamos a tantas personas como están implicadas en esta lucha. Y así un día tras otro. Echamos en falta la libertad de movimiento. Pero ya.

E inevitable por ello veo necesario pararme y pensar. ¿Y qué pasa con aquellas cuyo espacio de seguridad, su casa, se convierte en estos días, más que nunca, en su cárcel particular? ¿Qué pasa con todas las que, han visto reducida a la mínima cualquier oportunidad de huir de las garras de su maltratador? ¿Qué pasa con todas a las que les tenemos que aconsejar que, ahora, en esta situación excepcional, no se les ocurra insinuar que van a terminar con la relación?

Aquellas que viven cada día con el terror de no saber si llegará un nuevo golpe y cuándo, porque, sea como sea, tendrán menos oportunidad de esquivarlo. Aquellas que viven cada día encerradas en una única habitación de la casa, a las que les han "secuestrado" a sus hijos y a las que se les está castigando con permitirles verlos solo durante 5 minutos al día mientras conviven bajo el mismo techo. ¿Qué pasa con ellas?

Mientras escribo estas letras, me llega la noticia de una nueva víctima durante el confinamiento. Y no la ha matado el coronavirus. A esta mujer de 78 años la ha asesinado su cónyuge. Y ya son 18 en estos 4 primeros meses de 2020.

Por eso es importante hacerles llegar el mensaje de que abandonar la vivienda ante una amenaza de este tipo es una situación excepcional y está permitida durante el estado de alarma. Las Fuerzas y Cuerpo de Seguridad del Estado han recordado que salir a la calle en el supuesto de que se viva una situación de violencia es un motivo permitido y no se recibe ninguna sanción.

Y que pueden y deben pedir ayuda, y que siguen teniendo recursos a su disposición:

Pero también pienso en cómo lo están viviendo quienes lamentablemente están sufriendo el contagio en primera persona. Ingresados, aislados, cargados de soledad, sin más compañía que un móvil y sus compis de batalla que van compartiendo habitación con ellos; algunos sobreviven, otros no, y les toca aprender a vivir día a día con la muerte rondando su habitación de hospital.

Hace poco una amiga estuvo ingresada y se decidió a escribir como terapia. No podía hablar. Se ahogaba. Así que me pidió que le ayudara a ponerle voz a sus pensamientos. 

Y pienso en todas aquellas personas que han perdido un familiar, al que no han podido despedir.
Y pienso en nuestros mayores y en aquellos que están luchando con otro tipo de enfermedades y ya tienen sus defensas mermadas como para enfrentarse a otro enemigo más.
Y pienso en esas familias con menores con autismo que han tenido que grabar vídeos explicando su situación para que los autodesignados "polis de balcón" dejen de insultarles cuando salen a la calle.

Y pienso en todas las personas que tienen que seguir trabajando fuera de sus hogares, exponiéndose, pensando si cuando vuelvan será ese el día en que se hayan contagiado o contagien a sus familiares. 
Y pienso en las personas sin hogar a las que el #QuédateEnCasa se les antoja una broma macabra del destino.

Por todos, por respeto a ellos, estos quince días más de confinamiento y los que sean necesarios, los seguiré llevando con toda la resignación, tranquilidad y entereza posible.


Si la experiencia que vivimos sirve para que podamos vernos más en los ojos de otros, esta lucha habrá merecido la pena.

Montse Casasempere Ruiz
Community Engagement Manager de Womenalia

 

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