Del Agotamiento al desgaste: entendiendo el burnout en mujeres

Published on March 3, 2026
“No me da la vida últimamente”
“Estoy agotada, no puedo esperar a que llegue el fin de semana”
“Estoy hasta arriba, pero por más que haga, siempre quedan cosas pendientes”
“Voy en piloto automático, no paro”
“No puedo más”
 
 
Puede que te veas reflejada en alguna (o todas) estas frases. Puede que incluso te hayas sentido orgullosa o hayas recibido halagos por ser capaz de sostener una jornada de trabajo exigente, cuidar de tu familia y seguir cumpliendo con una lista interminable de tareas.
 
Sin embargo, cuando el agotamiento, el estrés y la sensación de no llegar a todo se vuelven algo habitual, quizá es el momento de parar y escucharte. Puede que lo que estás sintiendo vaya más allá del cansancio habitual.
 
El Burnout aparece precisamente ahí: cuando el cuerpo y la mente llevan demasiado tiempo funcionando al límite, como un aviso de que empiezas a quedarte sin recursos.
 

Estrés y Burnout

Para entender qué es el burnout, es necesario hablar antes del estrés. En primer lugar, el estrés no es, en sí mismo, algo problemático: es una respuesta natural de adaptación del organismo ante situaciones que nos exigen más de lo habitual, y por tanto, “nos sacan” de nuestro equilibrio. Nos prepara para rendir, adaptarnos y en definitiva, para sobrevivir. El problema surge cuando ese estado deja de ser puntual y se convierte en lo habitual. Ahí es donde el estrés nos empieza a pasar factura.
 
Imaginemos que tenemos que preparar una presentación importante. Nuestro sistema nervioso detecta esa demanda a la que debemos hacer frente y pone en marcha una serie de cambios
físicos y mentales pensados para ayudarnos a salir airosas de la situación, por ejemplo: aumenta la liberación de cortisol lo que hace que estemos más activas, la atención se focaliza en la tarea y disponemos de más energía para sostener el esfuerzo.
 
En condiciones normales, este estado es temporal. Una vez la presentación termina, el cuerpo entiende que la demanda ha cesado y entra en fase de recuperación: nos relajamos, bajan los niveles de activación, podemos descansar y reponer los recursos que hemos utilizado. Nuestro organismo vuelve al punto de partida, recupera su equilibrio.
 
Sin embargo, ¿qué sucede cuando enfrentamos estrés de manera continuada? ¿O cuando nos quedamos “atrapadas” en ese estado de supervivencia? Aquí es cuando empiezan los problemas, y nuestro organismo se ve obligado a seguir funcionando en modo “supervivencia”, gastando recursos físicos y emocionales sin poder recuperarse. El sistema nervioso se mantiene en alerta constante, hasta que empieza a dar señales de que no puede sostener ese ritmo indefinidamente. Es ahí cuando puede aparecer el Burnout, que actuaría como “freno de emergencia” de nuestro organismo, indicando que los límites se han sobrepasado y que ya no quedan recursos suficientes para seguir funcionando al mismo nivel.
 
El Burnout puede definirse como un estado de desgaste y agotamiento emocional y físico, consecuencia del estrés continuado en el tiempo. También conocido como “Síndrome de estar quemado”, es especialmente prominente en profesiones y roles de cuidado (como profesionales sanitarios), debido a la alta demanda emocional y física de estas actividades.
 
Desde 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) reconoce oficialmente el burnout como un fenómeno psicológico relacionado con lo laboral, reflejando su impacto real sobre el bienestar y el funcionamiento de las personas.
 
Aunque las definiciones tradicionales asocian el Burnout con el estrés laboral, cada vez se habla más de otros tipos de Burnout muy relevantes, como el Burnout de los cuidadores de personas dependientes, o el Burnout paterno/materno.

Además del propio malestar que genera, este problema puede afectar al bienestar emocional y físico. Se asocia con una mayor probabilidad de experimentar ansiedad, bajo estado de ánimo, dificultades para dormir y problemas de concentración o memoria. Con el tiempo, también puede manifestarse a través de síntomas físicos como dolores de cabeza, tensión muscular o molestias digestivas. Sin embargo, ser conscientes de que podemos estar quemándonos, es la llave para comenzar a poner en marcha soluciones y cuidarnos.
 

¿Cómo puedo reconocer si tengo Burnout?

En las mujeres, la principal señal de alarma suele ser el agotamiento emocional y físico. No se trata solo de estar cansada tras un día intenso, sino de sentir una fatiga constante que no mejora ni siquiera después de dormir. Te levantas sin energía, el descanso no resulta reparador y cualquier tarea (incluso las más pequeñas) parece requerir un esfuerzo mayor del habitual.
 
Otra señal común en el Burnout es el distanciamiento emocional y la aparición de una visión negativa o cínica hacia lo que haces. Puede que notes que últimamente tu trabajo no te ilusiona, o que no le veas el sentido a tu labor. Especialmente en roles de cuidado, esto también se puede sentir como una mayor dificultad para empatizar e implicarte emocionalmente como antes, ya sea con pacientes, clientes, equipo… o incluso en casa. 
 
El tercer componente clave para identificar este problema es la sensación de ineficacia y los pensamientos negativos hacia tí misma (como profesional e incluso, como persona). Puede que últimamente te notes más crítica contigo misma, minimices tus logros, o te estés comparando constantemente. También puede que ahora dudes más de tu valía o que cuestiones decisiones que antes tomabas con seguridad. No es que hayas perdido capacidades; es que el desgaste prolongado erosiona la confianza.
 
A todo ello suelen sumarse síntomas físicos y emocionales asociados al estrés mantenido en el tiempo: contracturas, cefaleas, molestias digestivas, mayor vulnerabilidad a infecciones, problemas de sueño, ansiedad o sentimientos depresivos. Además, puede que sientas mayor desesperanza hacia el futuro, te sientas desmotivada y con la sensación de estar atrapada en un bucle del que no sabes salir.
 

Exigencia, doble jornada y sacrificio: el cóctel para el desgaste

Además de los aspectos propiamente laborales o contextuales, existen elementos clave para comprender mejor el burnout de manera particular en las mujeres. No se trata de factores exclusivos , sino de aspectos que, según la literatura científica y la experiencia clínica, tienden a tener una especial relevancia.
 
En primer lugar, la llamada “doble jornada” sigue siendo una realidad frecuente. Muchas mujeres continúan asumiendo una parte mayoritaria de las responsabilidades domésticas y de cuidado, incluso cuando trabajan a tiempo completo o lideran proyectos propios. Esto implica una acumulación de demandas sin un aumento proporcional del tiempo de descanso. A ello se suma que las tareas de cuidado conllevan una alta implicación emocional: no solo consumen tiempo y energía, sino también suponen una mayor carga emocional. Además, estas actividades siguen siendo altamente invisibilizadas y poco reconocidas, lo que contribuye a la sensación de desgaste.
 
En segundo lugar, los altos niveles de autoexigencia suponen otro aspecto fundamental.
Muchas mujeres, especialmente en puestos de responsabilidad o en el ámbito del emprendimiento, tienden a marcarse estándares muy altos y a mantener una presión constante por hacerlo “todo bien”. Esta búsqueda continua de rendimiento óptimo puede traducirse en asumir más tareas de las que sería razonable, prolongar jornadas o tener dificultades para delegar. Con frecuencia, esta exigencia no se limita al ámbito profesional: también se extiende a la maternidad, la pareja o la vida social, alimentando el ideal cultural (y poco realista) de tener que ser una especie de “superwoman”.
 
Se considera que esta elevada exigencia tiene un componente social, ya que muchas mujeres que alcanzan puestos de mando o emprenden, pueden sentir una elevada competencia en el sector o que deben “demostrar” que son válidas para esa responsabilidad.
 
Este patrón no surge en el vacío. Diversos factores sociales influyen en que muchas mujeres sientan que deben demostrar constantemente su valía en entornos profesionales competitivos o tradicionalmente masculinizados. Del mismo modo, las expectativas sociales hacia las madres tienden a ser más elevadas y rígidas que hacia los padres, lo que puede favorecer la internalización de estándares idealizados, y difíciles de sostener en el tiempo.
 
Un tercer aspecto, estrechamente relacionado con los dos anteriores, es la tendencia al sacrificio. El rol de cuidadora, unido a una elevada autoexigencia y sentido de la responsabilidad, puede impactar en las propias relaciones laborales y el desempeño. Por ejemplo, en el caso de aquellas mujeres que tienden a empatizar mucho con sus compañeros o trabajadores, y pueden terminar anteponiendo las necesidades del equipo o la empresa a las suyas propias; o bien, sobrecargarse de tareas buscando ayudar. Esta dificultad para establecer límites saludables y hacer espacio a sus propias necesidades aumenta el nivel de estrés a las que están sometidas, conduciendo a un mayor desgaste emocional, cognitivo y físico.
 
Si al leer estas líneas te has sentido identificada, el primer paso ya está dado: darte cuenta. Es cierto que hay factores laborales, económicos o contextuales que no siempre están bajo tu control. Sin embargo, la buena noticia es que también hay aspectos que sí dependen de ti y que pueden tener un impacto profundo en tu salud mental.
 
Algunos cambios incluso puedes comenzar a implementarlos desde hoy mismo: Revisar cómo te organizas en tu día a día, explorar si es posible introducir ajustes en tu rutina, priorizar el descanso, retomar el deporte o cualquier actividad de autocuidado, y aprender a poner límites más claros. Del mismo modo, desarrollar estrategias para gestionar el estrés y cuestionar los pensamientos autoexigentes puede transformar tu forma de vivir las demandas del día a día.
 
Habrá cambios que puedas iniciar por tu cuenta; y otros que requieran un espacio más estructurado, herramientas eficaces y un acompañamiento profesional. La terapia psicológica puede ser ese lugar seguro donde comprender lo que está pasando, adquirir estrategias y recibir apoyo en tu proceso de crecimiento. Y si te apetece trabajar en ello, en BetterHelp estaremos encantados de acompañarte en el proceso.
 
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Ilyana Arbulu Franco de Sarabia
Psicóloga General Sanitaria y Clinical Operations Consultant en BetterHelp